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El puerto de Paita (Piura) y los dominios del mar han sido el escenario en el cual Samaniego Collantes Tafur desarrolló una gran innovación en los señuelos o muestras, que determinaron un antes y un después en la pesca de la pota, ese delicioso producto marino tan bien cotizado en los mercados asiáticos. Actualmente, Samaniego es dueño de un taller y cuatro ferreterías navales, cada una abarrotada con más de 1500 productos.

Sus señuelos son muy demandados en todos los puertos y caletas del Perú; sin embargo, él no descansa, pues dice que se está preparando para algo más grande. Sus ojos no mienten, su voz templada en las calles resuena por encima del rumor de las olas.

El mar está calmado, las olas parecen acariciar las costas del puerto de Paita. Una ociosa nube atraviesa el cielo azul. La ciudad tiene el rumor de la tarde. Samaniego es un hombre de gestos afables. Se toma su tiempo para decir las cosas: “Llegué a este puerto en el año 2000, tenía 21 años. Había fracasado en unos negocios. Me decidí a venir porque desde niño tenía grabado en la cabeza que si me iba mal en la vida, en Paita iba a encontrar el progreso”, confiesa. Samaniego es natural de Chachapoyas, capital del departamento de Amazonas. Dice que está acostumbrado al trabajo. A los doce años comenzó a laborar como lustrabotas. Como hermano mayor, tenía obligaciones que cumplir. Su papá había abandonado el hogar. El dinero no alcanzaba, por lo que él y sus dos hermanos, muchas veces, se veían obligados a comer solo una vez al día.

Dice que la vida y los trabajos lo fueron llevando a varios lugares; vendió hilos, agujas, periódicos, consiguió trabajo en ferias, comercializó insecticidas y otros productos. Recuerda que a los 12 años llegó por primera vez a Paita y el progreso que se vivía en ese puerto lo dejó impresionado. Desde aquella ocasión, en su mente asoció la bonanza con esta ciudad porteña.

A Paita no volvió hasta los 21 años, pero la vida lo llevó a vivir a Chiclayo, Tumbes, Talara y otras poblaciones del norte del país. “Como le decía, me fue mal en unos negocios y entonces me dije por qué no ir a Paita. Cuando llegué las cosas no parecían mejorar, porque no encontraba trabajo. Entonces decidí emplearme como ayudante de embarcaciones. De esta forma comencé, hasta que aprendí a pescar”, agrega.

Una epifanía, una innovación

A medida que fue conociendo los secretos de la pesca, también entendió algunos aspectos que no hacían eficiente esta labor. Las muestras o señuelos, que son anzuelos para pescar pota, eran de fabricación asiática y no resultaban adecuados.

“Lo que pasa es que en Asia también existe la pota, pero es un molusco más chiquito en comparación con el que tenemos acá. Entonces, noté que los señuelos que usábamos eran muy débiles y se me ocurrió hacer un señuelo más grande”, nos cuenta como si se tratara de algo cotidiano y de poca importancia.

Ese día, la vida de Samaniego cambió porque durante mucho tiempo se dedicó a mejorar el producto hasta hacerlo más grande y eficiente. Le agregó púas de hierro más gruesas, alambres normales y, después, alambre galvanizado. En la actualidad, el señuelo que ha desarrollado durante varios años tiene acero inoxidable en las púas.

Buenos vientos, buena pesca

Samaniego recuerda que su primer prototipo de señuelo fue todo un éxito. “Comenzamos a pescar más. Rápidamente, los dueños de otras embarcaciones se dieron cuenta y comenzaron a pedirme que les hiciera señuelos. Entonces, me di cuenta que podía sacarle provecho. No había nadie que hiciera muestras o señuelos como yo”, agregó.

Samaniego decidió dejar la pesca y volvió a tierra, montó un pequeño taller y comenzó a fabricar las muestras. La gente se pasó la voz. “Fue un boom”, sentencia.

Cocina para los mares

Otro producto que hizo muy conocido a Samaniego fue la cocina para embarcaciones. Recuerda que, cuando comenzó a pescar, en el mar se cocinaba en las portátiles Primus. “Esa cocinita se metía dentro de una lata de aceite vacía para que no se voltee. Era incómodo, porque con los pies tenías que retener la lata y echar aire para que pueda cocinar. El cocinero no se podía mover, sino el vaivén del mar podía voltear la cocina”.

Samaniego recuerda que se le ocurrió darle balance a esta cocina. Le agregó una estructura que permitía mantener estáticos el Primus y la olla. Esta estructura tenía pernos que se fijaban en la superficie de la embarcación, de esa forma ya no se necesitaba que hubiera un hombre sujetando la cocina. Este producto también tuvo una gran acogida y convirtió el taller de Samaniego en uno de los más visitados por los pescadores.

Un innovador nato

Cuando le preguntamos a Samaniego acerca de sus estudios o del conocimiento que adquirió para desarrollar estos inventos e innovaciones, él responde que no tiene primaria completa. “En mi vida he aprendido algunas cosas, pero aunque parezca mentira estas ideas se me vienen a la cabeza y luego las hago. Hasta me sueño con ellas, igual que el inventor de la máquina de coser. Créeme que cuando me pongo a hacer una cosa paso días encerrado en mi taller, en mi mundo, creando. Yo mismo invento y construyo mis herramientas”, asegura.

Samaniego señala que, además, le gusta la lectura y es un fanático de internet; el cual lo ha ayudado mucho a desarrollar y mejorar sus inventos.

Las Ferreterías navales

Un hecho fortuito se convirtió en el resorte que le permitiría a Samaniego mejorar su producción, implementar un taller acorde con sus necesidades y abrir su primera ferretería naval. Señala que se hizo amigo de un trabajador de una Caja Municipal. Dice que hasta ahora le parece increíble que le hayan dado un préstamo sin aval. Con este capital compró varillas de acero que le permitieron mejorar su producción.

Ante el éxito de sus innovaciones, en el 2001, Samaniego puso una pequeña tienda en la cual comenzó a vender otros productos importados que se utilizaban junto a los señuelos, como ganchos, anclas, cabos, pintura y otros. Dice que abrió su segunda tienda porque ya no tenía espacio en la primera para guardar tantos productos. Era el 2008, y lo mismo le pasó con la tercera y la cuarta tienda.

En estos momentos, Samaniego envía sus productos a casi todos los puertos y caletas del Perú; por eso está planeando poner una tienda en algún puerto del sur y, por otro lado, le gustaría exportar sus señuelos. Dice que Argentina y Chile pueden ser un gran mercado. Además, piensa convertirse en importador de insumos para pesca. Para ello viene realizando un estudio de mercado. Le preguntamos si se imaginó alguna vez todo esto. Samaniego responde que sí, que siempre se tuvo mucha fe. Dice que el éxito solo se obtiene con fe y con perseverancia; nunca se le cruzó por la cabeza que no lo iba a lograr.

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