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El sabor del progreso y la comida rápida

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Las frías y húmedas avenidas por la madrugada, el hambre trasnochada de los bohemios, el breve bullicio de las discotecas y la fanfarria, forman un mosaico en el cual Humberto Roque Huacasi desarrolló una innovadora empresa de comida rápida: Burger Guilligan S.A.C. Este joven empresario puneño dice que cuando escuchó hablar del carrito sanguchero, se imaginó un auto de verdad, no una carreta móvil. Años después logró hacer realidad su expectativa.

Construyó una combi en la que prepara y vende sándwiches, salchipapas y bebidas. Actualmente está abocado a desarrollar locales de comida rápida y su propia franquicia. Con la serenidad y humildad de quien sabe que puede, nos dice que dice que con paciencia se llega lejos.

Cerca del arco de Salamanca, en el distrito de Ate, se encuentra el restaurante Burger Guilligan Sabor Peruano. Es un edificio de cinco pisos con todos los servicios para que la familia limeña disfrute de sándwiches, salchipapas, bebidas y shows. Es sábado por la mañana y esforzados obreros mueven fierros y costales. Se están efectuando mejoras en el restaurante. El barullo, el sonido del progreso, contrasta con el silencio de Humberto. Un hombre de poco hablar, reservado y de maneras elegantes, como un bailarín de morenada.

Nos dice que llegó a Lima, desde su natal Puno, a los 17 años. “Vine en busca de un mejor futuro. Nunca imaginé que lograría todo esto. Solamente quería trabajar mucho para salir adelante”, agrega.

Dice que su primer trabajo en Lima fue vender helados en la playa. No le fue mal, pero cuando iba mejorando su situación, se acabó el verano. Preguntó entre sus allegados y le dijeron que vendiese caramelos y cigarrillos en la puerta de conocidas discotecas de La Victoria y Surquillo.

Entender las necesidades del cliente

Humberto dice que una buena y sana costumbre que siempre ha cultivado a escuchar a sus clientes. La mayoría de ellos siempre se quejaban de que no hubiera alguien que vendiera sándwiches para no alejarse mucho de su centro de diversión. Como es natural, ahorró un buen tiempo para comprarse un “carrito sanguchero”, como le habían recomendado.

Algo divertido que dice nunca olvidará ocurrió el día en que fue a un taller a averiguar el precio de un carrito sanguchero. Le mostraron unas carretas de metal que tenían incorporada una plancha y una freidora de papas fritas. Humberto dice que se llevó una gran decepción, porque él se imaginaba que el producto que quería comprar era una combi que tenía incorporada una cocina para atender desde dentro.

Unos meses después, en 1993, compró el carrito sanguchero y decidió ubicarse en el distrito de La Victoria, frente a una conocida discoteca de esa época. Dice que durante meses sufrió el frío y la humedad del invierno limeño. Fue quizá por esa razón que nunca abandono la idea de tener algún día un verdadero carro expendedor de sándwiches y salchipapas.

Nace Guilligan

Humberto sonríe cuando le preguntamos por el nombre de su empresa. “En 1993 estaba bastante flaco. Era hueso y pellejo, no más. Para atender a mis clientes me mandé hacer un atuendo de chef. Cuando me puse el gorrito blanco, inmediatamente algún cliente comenzó a llamarme Guilligan, como el personaje de televisión. Decían que era parecido. Para redondear la situación, estaba ubicado en la berma central de una avenida; por eso, cuando los clientes querían comer decían: Vamos a la isla de Guilligan. Desde esa época me quedé con el nombre”, recuerda.

Los carros sangucheros de Guilligan

En año 1998, Humberto había consolidado ya su pequeño negocio. Aprendió a manejar y sacó su licencia de conducir. Había ahorrado lo suficiente como para comprarse una combi marca Volkswagen. Tenía toda la intención de convertirla en su sanguchería móvil. Dice que el carro sufrió varias transformaciones entre los años 1998 y 2000, cuando se consolidó el modelo que hasta el día de hoy mantiene. Humberto recuerda que, en el primer intento para adaptar su carro, metió su carrito sanguchero dentro de la combi. Los principales inconvenientes eran que no tenía mucho espacio para moverse y tampoco podía trabajar parado. Además, todo el humo se concentraba en el auto. “En las primeras épocas atendía en una silla de ruedas y era incómodo trabajar así”, comenta.

El primer cambio que hizo en su combi fue añadirle una chimenea. Pero luego tuvo que sacarla, porque los patrulleros lo paraban y lo llevaban a las comisarías, ya que un carro así no tenía permiso para estar en las calles.

Luego hizo que partieran el caro en dos para agregarle unos centímetros y que fuera más amplio. Le dio mayor altura al coche. Humberto nos comenta que pasó por muchos talleres de mecánica hasta que, gracias al consejo de un cliente, se contactó con dos ingenieros de la Universidad Nacional de Ingeniería (UNI), con quienes desarrolló el modelo definitivo y le ayudaron con los documentos para poder sacar un permiso que le permitiera transitar libremente en Lima.

Unos años después, compró y adaptó una segunda combi, y así hasta llegar a tener doce. La actual combi de Humberto cuenta con una conversadora, plancha, freidora de papas y una caja para hacer los pagos que funciona con una tableta.

Planta de procesamiento

En 2005, con el objetivo de buscar financiamiento, formalizó su empresa. Dice que con los préstamos de los bancos logró comprar un terreno de 200 metros cuadrados en Villa El Salvador. En esta planta de procesamiento se producen todas las cremas, hamburguesas e insumos con los cuales se preparan los sándwiches y salchipapas de todos los puntos de venta de Burger Guilligan.

Para desarrollar su planta con estándares industriales, se contactó con una ONG que le brindó la asesoría para poder construir la planta con un diseño que le permitiría crecer con el tiempo.

Convenios con municipios

Las licencias de funcionamiento de las combis siempre ha sido un problema para Humberto. Para solucionar estos impases, ha desarrollado un programa de trabajo para jóvenes con algunos municipios de Lima. A través de este, Burger Guilligan capacita a jóvenes desempleados y les da trabajo durante un año. Nos señala que gracias a estos convenios ha logrado capacitar, desde 2005 a la fecha, a más de 200 jóvenes.

A la conquista del Perú

Humberto nos señala que en 2013 inauguró su primer local. El público es distinto, señala: “Aquí vienen familias”. Dice que hace un año inauguró otro local en Surco y ha estandarizado sus procesos de producción. Además, está desarrollando un plan para franquiciar su marca. Espera abrir pronto locales en Lince, Cusco y Arequipa. También tiene planes para llegar a países como Chile, Argentina y Estados Unidos.

Le vuelvo a preguntar si se había imaginado que lograría todo esto. Responde con la misma parsimonia y dice: “Yo solo quería salir adelante”, y sonríe. Agrega que si quiero saber un poco más, debe decir que la puntualidad, el respeto y escuchar al cliente han sido los cimientos de su empresa. “Sin estos valores, nada de esto sería posible, dice. Vuelve a sonreír y se queda en silencio mientras el barullo de los obreros crece.

“Vine en busca de un mejor futuro. Nunca imaginé que lograría todo esto. Solamente quería trabajar mucho para salir adelante”.

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